Experiencia del coronavirus en un cohousing de mayores

 El sector de población más afectado por el coronavirus ha sido el de los mayores, y sobre todo el que vive en residencias. Queremos en esta reflexión poner en valor aquellos aspectos del proyecto de cohousing CONVIVIR que, pensamos, han sido muy positivos al enfrentarnos con esta epidemia. Ahora podemos valorar, después de nuestra experiencia, cómo el diseño, la gestión cooperativa y participativa de los cohousing senior aportan beneficios sociales, económicos, ambientales y de salud. Es un proyecto libremente decidido por los socios residentes, sin ningún tipo de condicionantes, a excepción de los sanitarios, para disfrutar sus años finales de vida de forma agradable, sin miedos sobre el futuro inmediato y sin soledad. La realidad global de ahora en adelante no será igual, como pasará con el resto de la sociedad. Entendemos que esto puede dar un vuelco y el resultado depende de las actitudes de las personas y de su participación comunitaria.

Desarrollo organizativo

Son varios los aspectos que queremos señalar como positivos de cara a enfrentarnos a la pandemia, especialmente los aspectos arquitectónicos y la forma de gestión en la cooperativa CONVIVIR que han facilitado el desarrollo de nuestra vivencia durante la pandemia. Sin ello quizás la realidad se hubiera desarrollado de otra forma menos beneficiosa para las personas residentes.

Como parte de este proyecto CONVIVIR debemos felicitarnos por la estructura de nuestro centro que diseñamos de forma grupal, con sus partes comunes y privativas y que ha demostrado la versatilidad facilitando el aislamiento en los apartamentos, la utilización de forma diversa tanto el comedor como la sala de atención terapéutica y el tránsito en los pasillos, como los habitacionales privativos, espacios amplios y luminosos.

Queremos señalar una gestión compartida entre el Consejo Rector y la dirección del centro (directora y enfermera), en la que se han consensuado las decisiones a tomar según iban pasando los días, con la colaboración de voluntarios residentes. Todo bajo la voluntad y las posibilidades físicas de las propias personas. El respeto a las normas auto-impuestas y siguiendo las instrucciones de quién en cada momento tenía la responsabilidad, dentro de las generales directrices sanitarias, han propiciado un valor de capital social fundamental para la posterior continuidad de nuestra vida colectiva.

Entre las medidas tomadas a tiempo por los equipos directivos, la disciplina de los residentes en atender las instrucciones cursadas, las instalaciones que han permitido el confinamiento de forma agradable en los apartamentos, las posibilidades de paseos al aire libre en la parcela de 27.000 m2 que tenemos, la vigilancia y dedicación de enfermería, la utilización sin aglomeración del comedor, han hecho posible nuestra buena situación personal y colectiva actual. El resultado final, 9 personas residentes afectadas (una ingresada breve tiempo y recuperada; tres con síntomas leves; y cinco asintomáticas), y de las 14 personas trabajadoras y tres profesionales autónomos, ninguna ha sido afectada.

Dado que venimos oyendo comentarios interesados sobre si se deben de medicalizar las residencias, queremos afirmar que nuestras viviendas e instalaciones son para cuidar y dar vida. Los servicios médicos deben ser prestados desde la sanidad pública, en sus ambulatorios y hospitales, como ciudadanos que somos. La medicalización en residencias, entendida como dotación permanente de instrumentos hospitalarios y bajo directrices desde un punto de vista clínico y con objetivos de control de enfermedades, nos parece innecesaria.

En nuestros centros residenciales de cohousing los residentes tenemos edades entre los 60 y 93 años y la centralidad de nuestro estilo vivencial es participar, tomar decisiones, compartir, combatir la soledad, seguir nuestro desarrollo como personas, asimilando nuestras enfermedades, pero sin miedos ni condicionados por decisiones de otros. La centralidad de las conversaciones no son las enfermedades ni las deficiencias físicas, sino vivir ilusionados el espíritu comunitario creado. La medicalización de los centros, al tratar a todos bajo el mismo criterio, anula todo esto. Nos parece que lo que necesitan las residencias es VIDA.

Hoy en día no podemos hablar solo de mayores y tercera edad. Existen la cuarta y la quinta edad, por lo que la tercera y la cuarta necesitan, generalmente apoyos livianos, según se vayan desarrollando las condiciones físicas de cada persona. Las ideas que observamos en parte de nuestros gobernantes, y en una parte de la sociedad, generalmente interesada en los negocios residenciales, es seguir atendiendo a los mayores como si no tuvieran nada que decir, como si fueran un problema. Se trata a los mayores residentes de convidados de piedra.

Queremos vivir en nuestros apartamentos como en nuestra casa, que lo es. Se trata de añadir vida a los años “añadidos” que nos posibilita la ciencia. Cuando necesitamos atención médica vamos al centro de salud y si hace falta tratamiento hospitalario seremos derivados al hospital. Insistimos, como cualquier ciudadano. No obstante tenemos instalaciones de enfermería, por si fuera necesario tratamiento especial de cualquier residente.

Vivencias personales

Lo primero fue asimilar, a nivel individual, qué ha podido pasar en nuestro mundo “civilizado” para que ocurra esto. Existen reflexiones de todo tipo. Por causa del cambio climático, al que no hemos prestado la debida atención, por nuestra forma de vida – utilización de la movilidad individual en lugar de la colectiva, la forma de consumo que deteriora la calidad del medio ambiente- que no se adapta en tiempo y forma al ritmo de la naturaleza.

El confinamiento en nuestros apartamentos hace que pensemos de forma retrospectiva nuestra historia reciente. Estamos acostumbrados a las relaciones colectivas, bien por actividades internas o por participación en actos externos, o bien por la movilidad que tenemos con salidas de varios días a visitas familiares, a los viajes del Imserso y excursiones, a Madrid para acudir a servicios médicos. Esta experiencia de confinamiento hace que se ponga en valor aquello que tenemos como nuestras relaciones vivenciales a nivel de pareja, en caso de relaciones estables, o cada uno, a nivel individual, preguntarnos si sirve para algo aquello que tratamos de llevar a la práctica con los valores que nos han prestado los pensamientos religiosos o laicos, que dieron en su momento sentido a nuestras vidas. Nos cuestionamos también cómo realizamos el acompañamiento y la solidaridad, aquí y ahora, con los más cercanos, que son nuestros compañeros de este viaje en el final de la vida, nuestros hermanos, con los que pretendemos vivir juntos y con respeto a la individualidad, con edades que van desde los 60 a los 90 años y con experiencias de vida muy diferentes. Los que viven en apartamentos individuales lo han pasado peor.

Tenemos tantas reflexiones como personas residentes en el Centro (57 personas) pero, por las circunstancias, no las expresamos ni las compartimos de forma colectiva como hubiera sido en las actividades habituales.

Nos hemos preguntado muchas veces en estos días, cómo hemos podido vivir en sociedades fuertemente conectadas, teóricamente socializadas por el trabajo, la vecindad en bloques de viviendas, las actividades en diversas organizaciones, etc. y, al final, vivir de forma inconsciente una soledad, teóricamente no deseada, pero que si profundizamos la tenemos siempre.

También nos hemos preguntado si merece la pena emplear tiempo y discusiones en planificar de forma grupal proyectos ilusionantes, pero que tratamos de copiar de otras sociedades europeas tan diferentes a la nuestra -tanto en formas de vida, normas legales de participación ciudadana, como en vivencias nacionales históricas-, llegando a la conclusión de que es imprescindible su adaptación a nuestro entorno y que la atención a las necesidades personales cotidianas es lo primero en cualquier colectivo humano.

Otras reflexiones giran en torno a lo socio-político. En una sociedad donde lo político está desprestigiado (poder y corrupción) y lo económico mercantilizado, es difícil ver una salida decente que se preocupe del último ciudadano de la escala social. Las preguntas que nos hacemos pueden ser si mi voto vale para algo, si me planteo “votar” a través de mis decisiones económicas o si mi colaboración en la sociedad civil, en grupos políticos o en colectivos ciudadanos, es condición necesaria para que avancemos hacia otro mundo diferente y más solidario. Los pensamientos sobre estos temas y otros similares se cotejan con las lecturas personales que el tiempo de confinamiento nos ha facilitado.

Una conclusión es que solos e individualmente no vamos a ninguna parte. Las fuerzas negativas que toda persona tiene, en momentos difíciles, salen a relucir y se ponen por delante. Es decisión y voluntad de cada uno descodificar nuestra vivencia anterior y elaborar otra dinámica que nos lleve a una situación nueva, más humana, más respetuosa con el medio ambiente, más sociable, más relacionada con los ciclos vitales del planeta. Pensar como ciudadanos del mundo y vivir en lo local, en la cercanía y con lo necesario.

Al final, vienen los propósitos de enmienda, y en un futuro no muy lejano, dada la edad que tenemos, tendremos que volver a reflexionar colectivamente como hemos puesto en práctica lo redescubierto durante la pandemia.

Esta experiencia nos reafirma en el criterio de que los mayores (jóvenes por emprendedores y por sus iniciativas de cohousing en cuanto centros residenciales autogestinados) tienen la suficiente capacidad de iniciativa colectiva y no necesitan ser tratados como personas incapacitadas y con necesidad de atención especial.

La dependencia de las personas viene por sus circunstancias personales de salud, aunque es de reconocer que a mayor edad, porcentualmente son más las personas que pueden estar en riesgo de problemas crónicos de salud. Pero nunca la edad debe de ser la cuestión básica que condicione la atención que debemos de recibir como ciudadanos.

No podemos terminar nuestros comentarios, sin hacer referencia a los compañeros de otros Centros Residenciales de Mayores, que han vivido situaciones similares a la nuestra, en diferentes puntos de España. Los Milagros y Puerto de La Luz, en Málaga; Servimayor, en Losar de la Vera; Fuente de la Peña, en Jaén; Trabensol, en Madrid; La Muralleta, en Tarragona; Profuturo, en Valladolid; Dr. August Pi y Sunyer, en Rosas, etc. Nos coordinamos y compartimos experiencias a través de HISPACOOP, Confederación de Cooperativas de Consumo.

 

 Timoteo Cruces Gaitán y Víctor J Gómez Pérez.

Centro residencial Convivir. Horcajo de Santiago – Cuenca –

 

Artículo publicado en el número 283 de la revista  “Iglesia Viva”  correspondiente al trimestre  julio-septiembre de 2020

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